Una caminata frustrada

Ayer se concretó la convocatoria hecha por diferentes ONG’s del universo cannábico, para celebrar el Día Mundial del Cannabis Medicinal. LMJ llegó hasta el centro de Santiago para atestiguar el encuentro.

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Marcha Cannábica, Santiago de Chile
Marcha Cannábica, Santiago de Chile

El 15 de noviembre de todos los años se festeja el Día Mundial del Cannabis Medicinal, fecha en la que se conmemoran una serie de hechos que culminan en el reclamo de la Federación de Científicos Estadounidenses contra el gobierno, para que éste se aventurase en investigaciones relativas al uso de la planta con fines terapéuticos.

En Chile no hay mucho que honrar: hace unos meses se allanó el Dispensario Nacional, la Comisión de Salud del Senado desechó la idea de legislar la Ley Rodrigo Barraza, luego de dormir tres años en la institución; y muchos usuarios medicinales siguen siendo criminalizados. A pesar de ello y de no formalizarse la caminata presupuestada para el día de ayer, se manifestaron activistas en distintos lugares del país reclamando derechos.

La convocatoria era a las 18:30 en Morandé con Compañía, entre el ex Congreso Nacional y el Palacio de los Tribunales de Justicia de Santiago. En una banca de concreto se ubicaban un hombre y una mujer que aparentemente bordeaban los 30 años, letreros bajo el brazo y de pronto un moledor en mano. A medida que pasaba el rato llegaban otros manifestantes que con las miradas se reconocían como feligreses de la misma iglesia. Pasadas las 18:50 apareció por la vereda de enfrente, bajo los pilares del palacio de esplendor republicano que en algún momento fue El Mercurio y que hoy es un centro comercial, la candidata a diputada por el distrito 12, Ana María Gazmuri.

En compañía de Javier, paciente emblemático de Fundación Daya, y su madre; la actriz ícono de los 90 cruzó la calle con un helado en un cono y se acercó punto de encuentro. Su llegada significó saludos y felicitaciones, incluso de quienes no participarían de la reunión y solo tomaban un café o fumaban un cigarro. Cercana, conversaba con quienes se concentraban en la esquina y marcaba las directrices a seguir: “hay que esperar a la Vale”.

Eran las 19:10 y ya habían unas cincuenta personas, en su mayoría adultos, dos niños y dos guaguas. Mientras aguardaban a Valeska Frías, conocida como Vale Verdosa y que se ha transformado en otro baluarte del activismo cannábico, Gazmuri respondía preguntas y los manifestantes bromeaban entre ellos. En tanto, un hombre de unos 40 años se disfrazaba con un traje verde y capa roja, un superhéroe asiduo a estos encuentros: Ganjahman, el que rápidamente fue interpelado por una niña con la que jugó todo lo que duró la instancia.

A eso a de las 19:20 se instaló el grupo en el frontis del Palacio de los Tribunales de Justicia de Santiago, aquel edificio construido en el contexto del centenario de Chile, mole máxima del tercer poder del Estado que era protegido por dos carabineros que no paraban de mirar sus teléfonos; las figuras de Manuel Montt y Antonio Varas, instaladas en un alto monumento, resultaban mejores vigías que la policía. Además de los centinelas, un perro quiltro y viejo de tamaño grande ladraba a los autos que subían por calle Compañía de Jesús: un “Matapacos” color miel que custodiaba el perímetro de los asistentes.

19:43 en punto y se escuchó: “¡llegó la vale!”, con gritos y algunos aplausos posteriores. A lo lejos se aproximaba la Juana de Arco del ejército verde en compañía de una personera de Activismo Cannábico Chile. Vale Verdosa se saludó a algunas personas y se instaló en el centro del mitin, detrás de un cartel que rezaba: “#NOMÁSPRESOSPORPLANTAR. BASTA DE CRIMINALIZAR A LOS USUARIOS DEL CANNABIS. CONTRA EL NARCOTRÁFICO, ¡CULTIVEMOS!

¡Somos pacientes, no delincuentes. Somos pacientes, no delincuentes. Somos pacientes, no delincuentes!

Con todos las figuras de la “mesa redonda” cannábica, Gazmuri se pronunció: “El próximo domingo tenemos elecciones que son muy importantes, nos estamos jugando dos modelos de país completamente distintos: en uno de ellos nosotros no tenemos cabida, en uno de ellos seremos perseguidos peor de como lo somos hoy día… Sabemos de lo que estamos hablando, la amenaza de la ultra derecha ha crecido y hoy día no es el momento de mantenerse al margen e indiferente, hoy día hay que entender que votar es una forma de luchar. Por lo tanto, es importante que la comunidad cannábica sea consciente en ese sentido, sabemos que muchas veces ha sido indiferente, ha sido apática hacia ejercer sus derechos políticos, pero hoy día no es el momento de medias tintas”.

Mientras los parroquianos la oían atentos, los transeúntes que pasaban por el lugar miraban con simpatía y aprobación: “legalizar, legalizar”, dijo un hombre que bordeaba los 70, mientras que un contemporáneo le siguió: “si no queda más que fumar” y una mujer: “hay que puro fumar no más”. El perro color miel seguía ladrando a los autos y los carabineros continuaban teléfono en mano.

Luego de lo pronunciado, Gazmuri comunicó su apoyo a Dispensario Nacional, asociación allanada el 22 de octubre, y dio paso a su directora, Vale Verdosa, quien declaró: “hemos sentido el apoyo de la comunidad, estamos súper agradecidos por eso. Hoy día, lamentablemente, en el día del cannabis medicinal, no podemos festejarlo aquí en Chile porque estamos siendo detenidos por cultivo de cannabis. La Ley 20.000, que si bien busca el tráfico, hoy día no lo está haciendo y se está llevando detenida a las personas por dos, tres plantas y no lo podemos permitir. Hoy día no queremos más presos por cultivo, no más muertos por cultivar tampoco… Hoy día la Ley Rodrigo Barraza la tenemos súper presente, pero lamentablemente en el Senado sigue dormida, no hay ningún avance, no es posible que los usuarios medicinales de cannabis estén con el miedo a tener sus plantas”.

“¡No más presos, por plantar. No más presos, por plantar. No más presos, por plantar”.

Eran algunos de los gritos que se escuchaban frente al Palacio de Justicia.

Había pasado poco tiempo, cuando a eso de las 19:55 alguien preguntó si iban a iniciar la caminata, que era el propósito inicial del encuentro. “Están reprimiendo en Plaza Dignidad”, dijo alguien; “me costó llegar porque está la cagada”, complementó otra asistente. Aunque se dio por finalizada la manifestación, quienes fueron parte de ella se quedaron en el lugar por un rato conversando de diversos temas, pasando por lo propio de la convocatoria a la defensa personal.

En eso se acercan Christopher Veloso, de 26 años, y su compañera que llevaba en brazos a Mía, su hija de ocho meses. Aunque Christopher no padece una enfermedad que lo tiene postrado o con riesgo vital, lo cierto es que ha encontrado en la marihuana una aliada para los fuertes lumbagos que sufre desde hace un tiempo por consecuencias laborales, motivo por el que ha sido criminalizado. “Me tuvieron una noche una vez detenido por dos plantas que me pillaron, como siempre la vecinas que sapean y andan en la mala. Vez que voy a médico me dan pastillas para los dolores y ni una solución”, asegura Christopher.


¿Quién me convida un cigarro?, se oyó a Gazmuri.

Así como usuarios medicinales y recreativos, binarismo que, dicho sea de paso, ha restado más que sumado; también llegaron personas que no se encasillan en lo uno o lo otro, pero que entienden la nobleza de la causa y la necesidad de contar con una legislación que ampare, al menos, a quienes ocupan la planta con un fin médico. El sociólogo Pablo Gorziglia, de 28 años, se unió desde la empatía y la comprensión de la problemática: “Creo es un tema de derechos, de que cada persona pueda hacer lo quiera, es una cuestión de libertades individuales, principalmente. Si es que esa persona va a usar el cannabis, ya sea por motivos recreativos, más allá de si es medicinal o no, yo creo que es completamente legítimo”.

Recién pasada las 20:00 horas la masa comenzó a perder cuerpo y la mitad de los asistentes ya se habían ido. El ocaso tocó al Palacio de los Tirbunales de Justicia, así como la justicia y su ocaso hicieron lo propio con tantas y tantos que fueron criminalizados por querer llevar una vida con menos dolor. Las calles del centro de Santiago estaban casi desiertas y silenciosas: kilómetros al oriente se manifestaban personas en la Plaza de la Dignidad y eran reprimidas por la policía, mientras los custodios del edificio centenario seguían mirando sus teléfonos y el “Matapacos” color miel continuaba ladrando.

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