Los modelos de regulación sobre la cannabis en la historia

Los autores de este texto repasan por todos los modelos de regulación sobre la cannabis, sus razones e implicancias. Esto en el medio de la discusión sobre qué modelo seguir en Chile.

El uso de sustancias psicoactivas sólo puede ser entendido como un fenómeno social complejo, alejándonos lo más posible de interpretaciones simplistas. Romaní (1999) ya defendió que “el consumo de drogas está conformado por variables psicológicas, médicas, bioquímicas, sociológicas, etnológicas, jurídicas, económicas, políticas, educativas, históricas y éticas”. Posicionamiento que no ha terminado de ser aseverado por las grandes disciplinas/instituciones que generan discursos explicativos, los cuales son plasmados en decisiones interventivas.

Estas decisiones epistemológicas sobre cuestiones tan complejas como ¿qué es una droga?, ¿qué es la dependencia?, etc. influirán no sólo en la manera de entender el fenómeno, sino en cómo tratarlo. Proceso que poco a poco irá conformando diferentes modelos explicativos, con importancia desigual dependiendo de aquellos factores sobre los que se sustente para su composición.

Romaní, en la misma obra antes citada, define modelo como “sistema cerrado, más o menos coherente, de un conjunto de discursos y normas debidamente jerarquizados, y formas de acción y procesos de institucionalización derivados de ellos”.

Molina y Romero (2001), lo definen como “la integración en una unidad de los aspectos ontológicos, epistemológicos y metodológicos de una forma determinada de práctica profesional”.

Domingo Comas definió este concepto como:

quienes dicen cuáles son los profesionales idóneos para actuar y por tanto los que deben tomar decisiones, cuál es la administración pública que debe gestionar los planes y programas, cuál es el perfil de las nuevas contrataciones y con qué lenguaje se va a devolver a la sociedad la información sobre lo que está ocurriendo y la respuesta que se está proporcionando”. (Comas, 2010).

Centrándonos en las drogodependencias Heinich (1975), comentó cómo el Modelo de intervención es aquel que se caracteriza por “proponer líneas de actuación práctica en relación con el fenómeno concreto”. Siendo este el que impera en el campo de las adicciones en la actualidad. Bien busquemos evitar su consumo, penalizarlo, reducirlo, etc. las actuaciones estarán vertebradas por unas líneas pautadas con anterioridad. Proporcionando no sólo una explicación sobre el proceso, sino esquemas de referencia sobre los que estructurar el cómo, quién, dónde, cuándo, para qué, etc. respecto a dicha intervención.

No pudiendo olvidar las reflexiones de Kuhn (1962), el cual explicó cómo los modelos generan “compromisos teóricos” que originan soluciones concretas a problemáticas determinadas. Influyendo de esta manera no solo en su definición, sino en su conformación y las condiciones para desplazarse por los distintos roles emergentes de él mismo.

Por consiguiente, estas construcciones generarán discursos sustentados en modos de comprender las adicciones, circunscribiendo las problemáticas suscitadas por ellas y denotando la necesidad de una reflexión/deconstrucción de éstos, para poder comprender mejor aquellas realidades definidas por sus discursos.

A continuación, vamos a mostrar los principales modelos explicativos que encontramos en la actualidad vinculados al fenómeno de las adicciones.

El modelo penal

Este fue construido sobre el “prohibicionismo” con el que se afrontó el control del comercio del opio con Filipinas, cerca del 1900 del siglo anterior. Sustentándose en la penalización de ciertas sustancias que adoptaron la nomenclatura de droga, sobre las que se prohibió el uso y comercio como cuenta Escohotado (1989). Igual proceso sufrieron la marihuana, heroína, etc. sobrellevando procesos de ilegalización similares.

Esta vía, implementada por EEUU, fue asumida como correcta por el resto de países contemporáneos. Con lo que este paradigma orientó su intervención desde una óptica jurídica/represiva. Orquestando sus acciones en torno al producto y su legalidad, con intencionalidad de proteger al individuo de aquellos aspectos negativos asociados al consumo de sustancias.

Esta explicación centra su atención en aquellas acciones asociadas al consumo de drogas. Significando estos comportamientos delictivamente, al estar vinculados con las drogas y su consumo. Marcando a su vez las diversas sanciones impartidas con la intención de erradicarlos.

Este paradigma subraya la responsabilidad individual durante el consumo, categorizándolo como algo reprobado socialmente. La consecuencia es que el individuo consumidor de sustancias ilegalizadas, dependiente o no, será percibido como un desviado (Becker, 1971), no siendo catalogado como tal por su conducta, sino como forma de control y poder.

Situación que otorga el papel de elemento “sancionador” al sistema judicial, el cual tiene una serie de herramientas con las que trata de detener los consumos. Tratar las drogas desde este prisma provoca, no sólo la criminalización/estigmatización de sus usuarios, sino la aparición de un mercado B para conseguirlas.

Romaní (1999), explica cómo éste modo de interpretar las adicciones es un potente elemento de control, el cual usa al drogadicto como “chivo expiatorio”, asociándole todo tipo de “maldades”, tengan o no relación con las drogas.

Estas reflexiones se sustentan en la idea de mantener y garantizar la salud y la seguridad colectiva. Obviando explicaciones más realistas como las planteadas en Rose, O`Malley y Valverde (2006) y Fernández (2017), entre otros. Estos autores señalan cómo las explicaciones sobre las adicciones, responden más a un cambio en las formas de gobierno, que a la realidad sobre ellas. La pérdida de capacidad de gobierno ha generado nuevas relaciones y legitimidades, centradas en conseguir que los sujetos sean agentes implementadores de sus políticas. Es decir, ciertos dispositivos instruyen al agente social, para que este llegue a los dictámenes pautados por las instituciones gobernantes. De ahí que en campos como la medicina se argumente sobre la recuperación de la responsabilidad individual respecto a su salud, corporalidad, consumo de drogas, etc. Respondiendo más a una intencionalidad política, que a un proceso de recuperación de libertades.

El modelo médico sanitario

Según Romaní (1999), éste viene usándose desde la antigua Roma como metáfora de la “ciencia alopática”. Las explicaciones basadas en él, perdieron relevancia al aparecer el Modelo jurídico. Aunque, con el proceso descriminalizador del consumidor de drogas, recuperó todo el poder perdido.

La vuelta de la explicación biomédica suprimió la responsabilidad sobre sus actos, de aquel que decide tomar drogas. La adicción y el consumo, definidas como una enfermedad, son acciones realizadas sin intención directa por parte del individuo. Cosificando e instrumentalizando la afección, rebajando el estigma que porta el consumidor, el cual pasa de ser visto como un “malhechor” a un “enfermo”. Interpretándolo desde esta nueva categoría, el consumidor de drogas podría ser “diagnosticado” y “curado”, siempre a través de dispositivos creados para ello.

Éste modo de entender las adicciones aportó avances en el conocimiento de las características psicoactivas de las drogas y de su proceso bioquímico, dejando de lado otro tipo de consideraciones como las psicosociales.

El proceso de medicalización (construcción cultural por la cual sucesos, hechos, etc. reciben explicaciones y modos de intervención con clara determinación de lo biomédico) tuvo un papel importante en la configuración de este modelo. Al propiciar que las drogas dejaran de ser manejadas por sujetos y pasaran a ser objeto y tratamiento de la medicina. Centrándose en los daños que causa el consumo  en los individuos, con la última finalidad de la abstinencia.

De este modelo nacieron las principales clasificaciones de drogodependencia recogidas en los sistemas CIE y DSM. Cuyo énfasis se centra en explicaciones biologicistas e individualistas, dejando de lado otros aspectos de igual importancia.

Otra de las críticas hacia este sistema interpretativo, se centra en que definir el consumo de drogas desde situaciones particulares que pueden suceder o no, interpretándolo como un síndrome, soslaya su correcta comprensión. Con este posicionamiento, aquello que le sucede a una pequeña parte de quienes consumen drogas se generaliza al resto, aunque no hayan mostrado ningún tipo de problemática vinculada a su consumo. Proceso que, invisibiliza multiplicidad de posibilidades intermedias, respecto a las posibles relaciones con las sustancias.

Actualmente, estos dos modelos presentados, se encuentran imbricados entre sí en diferentes contextos sociales. Influyendo la preponderancia de uno sobre el otro, en diversas cuestiones económicas, sociales, culturales, etc.

El Modelo Médico y Penal, hasta la aparición de nuevos enfoques, funcionaron como referentes explicativos en el campo de las adicciones. Articulando e influyendo el estigma delincuente/enfermo en las creencias, modos asistenciales, etc. Actualmente se están cuestionando. Más aún con la aparición de otros, los cuales vamos a tratar de presentar a continuación.

Modelo Bio-Psico-Social

La imposibilidad de constreñir la adicción a los límites del cerebro lleva a la necesidad de incluir categorías psicológicas en el diagnóstico y definición de la adicción/dependencia”, como evidencia una de las principales ideas expresadas por Apud y Romaní (2016), que representa perfectamente a este paradigma.

Bertalanffy (1989), fue de los primeros investigadores en superar la simplificación del fenómeno de las adicciones en causa/efecto físico. Agregando la necesidad de conocer los elementos que interactúan entre sí y su relación, como parte imprescindible para comprender el fenómeno de las drogas.

Ya en la década de los ´70 del siglo pasado, los factores psicosociales despertaron gran interés. Fue en esta época cuando se planteó un modelo que no separase lo “corpóreo”, de lo psicológico y contextual.

Citando de nuevo a Apud y Romaní (2016), distintos estudios mostraron cómo la “personalidad” y el contexto social resultan centrales en la comprensión del fenómeno de las adicciones. Ejemplificado en Zinberg (1984), el cual en su estudio sobre el uso de la heroína en la guerra, muestra cómo éste estaba influido por el contexto. Ya que al acabar la guerra, el uso de esta droga remitió en gran número de sus usuarios. Siendo este trabajo el que expuso por primera vez, la relación sujeto/sustancia/contexto. Dando cabida en él a factores no sólo biomédicos, sino psicológicos y sociales.

Por lo tanto, este modelo no olvida lo biológico, ya que el organismo es entendido como una parte más del “sistema”. Destacando también lo psicológico al referirse a conceptos como autocontrol, emociones, etc. Sin olvidar factores económicos, culturales y éticos, para generar una “radiografía” lo más acertada posible sobre las drogodependencias.

Borrell (2002), describe las intervenciones basadas en este modo de entender la adicción mediante las siguientes ideas:

Su objetivo es establecer una relación interpretativa, terapéutica, educativa, etc. a partir de este nuevo modo de comprender las drogas basado en lo médico, social y psicológico.

Esta triple visión capacita al modelo para intervenir en todos los campos de la vida cotidiana, gracias a su explicación en términos sistémicos y multifactoriales.

Sin olvidar que aunar lo bio/psico/social en las adicciones, convive con modelos de mayor tradición e imbricados con fuerza en el imaginario social y lo que esto supone. De ahí que rara vez se vea el desarrollo perfecto del modelo analizado en este apartado, encontrando centralidad de lo médico y complementariedad por parte de las otras dos disciplinas.

Modelo de gestión de placeres y riesgos

Como explicita Energy Control (2009), de igual manera que se lleva consumiendo drogas desde tiempos inmemoriales, parte de la población actual decidirá consumirlas bajo su propia responsabilidad. En Romaní (1999), encontramos que las adicciones definidas como “problema”, son un fenómeno característico de las sociedades contemporáneas. Marlat (1998) ya comentó cómo éstas han de ser comprendidas desde su realidad, no sobre utopías abstencionistas. Buscando de esta manera implementar respuestas prácticas, eficaces y acordes con el contexto actual.

Las metas planteadas desde este modelo, posibilitarán la llegada a los dispositivos asistenciales de aquellos usuarios que consideren que deben usarlos, en lugar de ignorar a aquellas personas que no se identifican con el concepto hegemónico sobre el drogodependiente usado en nuestra sociedad. Esto posibilitará la apertura de la red asistencial a una definición sobre las drogas más real, así como a una mayor cantidad de usuarios.

Como cuenta Wenger (2001) y explicita Fernández (2017), el modelo hegemónico sobre las drogas define el imaginario social, tipo de intervención, etc. manejado por un conjunto de individuos. Este determinismo explicativo obvia otros posicionamientos, provocando su invisibilización. Este “lobby” visible, conforma un “núcleo” que participa activamente del proceso salud/enfermedad/atención socialmente marcado como correcto. Ellos, a modo de profecía autocumplida, legitiman una de las posibilidades existentes dentro del consumo de drogas. Así pues, el dispositivo está generado para “atender” a un tipo de consumidor concreto, sustentándose en el modelo explicativo utilizado.

No podemos olvidar la posibilidad de que existan usuarios (periféricos) que participen de las dinámicas, pero sin la intensidad  del grupo anterior. Así como la aparición de otros individuos (externos) que prueban el sistema, pero lo rechazan al no sentirse identificados. Wenger hablaba de cierta movilidad dentro de estas comunidades, lo cual demostró Fernández (2017), en los grupos analizados en su tesis. Pero ésta, a nivel general dentro de las adicciones, tiene en las barreras de los estereotipos del “miedo” y la abstinencia, los principales obstáculos para la ruptura, apertura e inclusión del dinamismo realista, dentro de los modelos interpretativos de las drogas.

Asumiendo la gran cantidad de posibilidades y relaciones que se pueden tener con las sustancias, sin demonizar ninguna de ellas. Los objetivos comenzaron a variar de la abstinencia pura, a tolerar ciertos consumos. Devolviendo la responsabilidad de estos a los individuos y por ende, a reducir los problemas asociados a dichas prácticas. Es incuestionable que un enfoque centrado en la disminución de los riesgos, debería superar la estigmatización del uso de drogas. Esta interpretación de las drogas acarrea un lastre heredado de modelos anteriores. Definirlo a través de un concepto como “riesgo” evoca una visión eminentemente peligrosa sobre el fenómeno, al sólo mostrar su “peligrosidad”, omitiendo relaciones de bajo riesgo, placeres y recompensas. Lo cual puede llevar a plantear el siguiente axioma:

Si existen riesgos, promoviendo la abstinencia estos serán reducidos al mínimo”.

Esto no es cierto, al volver a circunscribir el consumo de drogas dentro de una economía de lo saludable. Olvidando que muchos de los consumidores no se guían por el mantenimiento de esta, sino por el placer que las sustancias les pueden proporcionar. Por lo que según el peso que tengan para cada persona el placer y lo saludable, se buscará una situación lo más compensada posible entre ellas. Gestión que debe ser realizada por el individuo, previa formación por parte de los distintos dispositivos existentes.

Por otro lado, ese afán por mostrar la “peligrosidad” de los consumos como estrategia de evitación basada en el miedo, lleva a gran cantidad de consumidores a estar desprotegidos ante sus propias conductas. Al no sentirse identificados con la información sesgada y negativizada ofrecida por el modelo hegemónico, ya que su experiencia con las sustancias es significada por ellos como placentera. Deslegitimando este modo de entender las drogas e ignorando su contenido. Enfrentándose al consumo de una manera desinformada y, por ende, desprotegida.

Este modelo entiende que el riesgo “cero” cuando se trata de consumo de sustancias, no existe. Resultando vital ofrecer información objetiva y sin moralismos sobre los riesgos que tienen tanto el consumo como todo lo asociado al mismo (hábitos, pautas, etc.).

Hablar de los aspectos negativos de las drogas, posibilita la aceptación de este posicionamiento como el correcto por la mayoría de los individuos, ya sean usuarios de sustancias o no. Esta omisión del lado positivo del consumo, no sólo funciona como parte de la creación del “problema de la droga”, sino que obvia aquellos motivos por los que la mayoría de los agentes sociales se inician en el consumo. Presentando la realidad de las drogas no sólo desde lo “malo”, sino entendiendo que se puede educar y responsabilizar a los usuarios sobre su propio consumo.

Modelo sociocultural

Romaní (1999 y 2001), promueve entender el fenómeno de las drogas como un “hecho social total”, concepto que recupera de Mauss (1971). Refiriéndose a ellas como algo construido socialmente, dotándolo de variabilidad según la sustancia, el individuo y el contexto.

Este modelo plantea las variables socio-culturales como las dominantes para comprender el fenómeno de las drogas. Al ser centrales en el proceso de conformación de subjetividades, expectativas, modos de vida, normas, pautas de consumo, etc. respecto a las adicciones. Como ya hemos comentado, el paradigma de partida influirá en los modos de pensar, actuar, sancionar, asistir, etc. De ahí que este modelo plantee la centralidad de lo social.

Romaní (1999), comentó cómo la intervención en drogas desde el modelo penal y médico no ha sido fructífera. Al ser un fenómeno complejo y multivariable, debe incorporar otras disciplinas que capten dicha diversidad. Disciplinas como la antropología, son capaces de elaborar un discurso sobre esta realidad con perspectiva holística. Posibilitando la comprensión de realidades complejas.

El problema de las drogas y su estudio, como metáfora de la sociedad actual, servirán como elemento de análisis y conocimiento de otras problemáticas sociales. Con lo que, podremos conocer y desencadenar cambios en otros hechos sociales que conviven en nuestro contexto.

Otros modelos

Como explica Pons (2008), no debemos olvidar otros modelos explicativos sobre las adicciones. Aunque si bien son utilizados en la actualidad, son aplicados en menor medida.

  • El modelo de la distribución del consumo, el cual incide en la oferta y disponibilidad de las sustancias.
  • El modelo de reducción de daños, que implementa políticas dirigidas a aminorar las consecuencias adversas producidas por el consumo de drogas en personas con usos normalizados y definidos socialmente como negativos.
  • El modelo de la privación social, analiza condiciones económicas y su vinculación con las drogas.
  • El modelo de los factores socioestructurales, que asume que el fenómeno de las adicciones es un estilo de vida, relacionado con grupos de referencia.
  • El modelo de educación para la salud, definiendo el consumo como un problema genérico, superable con políticas educativas.
  • El modelo psicológico, que entiende el consumo de drogas como un comportamiento más, pudiendo ser explicado e intervenido como cualquier otra conducta.

Conclusiones

Evidentemente, el principal objetivo de este texto no era sólo enumerar diferentes posibilidades significativas en el ámbito de las drogas, sino mostrar parte del proceso epistemológico que ha influido en estos cambios y reflexionar sobre la situación actual.

No hace falta ser una gran conocedor de esta realidad para comprender cómo, actualmente, es imposible encontrar una respuesta asistencial sustentada en un sólo modelo. Lo cual nos lleva a abogar por la idea de la coexistencia en el panorama interventivo actual, de diferentes respuestas ante la problemática de las adicciones. Con preponderancia de las explicaciones bio-jurídicas. Siendo la tradición positivista aquella que provoca esta descompensación.

Aunque como hemos visto, a través de la aplicación de soluciones como la reducción de riesgos y daños, la llegada de nuevas lógicas interpretativo-asistenciales al fenómeno de las adicciones es un hecho.

Esta convivencia de modelos queda plasmada en la actual oferta interventiva que presentan las sociedades contemporáneas. Siendo referida por Menédez (2005), como pluralismo asistencial. Encontrando en él imbricadas culturalmente tanto dinámicas individuales, según las cuales cada agente social selecciona un dispositivo según sus intereses y afinidades, como otras que muestran la intencionalidad de cada dispositivo por captar individuos. Evidenciando lógicas neoliberales que centran los intereses de estas respuestas interventivas. Generando discursos desde la incompatibilidad asistencial, falsos logros, postularse como la posibilidad acertada, etc. respondiendo a una estrategia de pervivencia por su parte. Sin que ninguno de los procesos terapéuticos sea excluyente.

La gran mayoría de estos dispositivos, superviven económicamente de las subvenciones y/o de sus integrantes-afiliados. Estableciéndose entre ellos, competencia asistencial por la captación de beneficiarios.

La presentación “histórica” de diferentes modelos explicativos muestra no sólo la variación en la manera de interpretar las adicciones, sino cómo actualmente esta elección influye en la manera de comprender, intervenir, vivir, “curar”, etc. una relación de adicción.

En la convivencia de modelos, el contexto significativo influye en la preponderancia de uno sobre otro. Ejemplificado esta situación, en sucesos tan alejados (epistémica y temporalmente) como la “ley seca” y “Energy Control”. Mostrando soluciones dispares, sustentadas en paradigmas explicativos específicos de cada momento. Los cuales determinan el modo de comprender, intervenir y relacionarse, para situaciones tan diferentes y a la vez tan iguales.

Encontrando actualmente cómo la permeabilidad asistencial propicia que, en ninguno de los contextos, encontremos un solo modelo influyendo únicamente. De ahí que, en la actualidad, convivan dispositivos en los que prime una interpretación centrada en el prohibicionismo (incautación de droga por parte de la policía), programas en los que el consumo sea “tolerado” (Energy Control y su análisis de sustancias) y experiencias sustentadas sincréticamente en varios de los posicionamientos citados a lo largo de este artículo (Centro de Atención al Drogodependiente).

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